Monseñor Guérard des Lauriers y el Instituto

Publicado en por P. Romero

Por el Padre Francesco Ricossa

Los primeros encuentros

Era el 24 de septiembre de 1986, fiesta de Nuestra Señora de la Merced. El P. Munari y yo habíamos llegado con antelación a Raveau, un pequeño pueblo perdido en la región de Nevers, y esperábamos frente al cementerio, a la entrada del pueblo, la hora del encuentro fijado con Mons. Guérard des Lauriers, que debía regresar de uno de sus muchos trabajos sacerdotales. Estábamos lejos de imaginar que poco tiempo después, una serie de acontecimientos providenciales, algunos felices y otros tristes, nos traerían de regreso a este cementerio para acompañar a Monseñor en su último viaje aquí abajo, y que ese día íbamos a llorarlo como a nuestro Padre inolvidable, después de una relación tan breve como intensa.

En ese momento ninguno de nosotros lo conocía. […] Sin embargo, lo había visto en oración en la capilla de Ecône (en 1975 o 76, no recuerdo) un domingo por la tarde durante las vísperas. Pero, de hecho, el Padre Guérard era para mí, como para todos, un extraño. Cuando los primeros de nosotros comenzaron su seminario en Ecône, en octubre de 1977, el Padre Guérard venía de terminar la predicación del retiro de los seminaristas. Las autoridades de Ecône no tardaron en hablarnos de él, mal, obviamente: un loco, un cismático, un enemigo de Mons. Lefebvre. La mayoría ignoraba que él había escrito el “Breve examen crítico del Novus Ordo Missæ”, o que había sido un faro de la teología. Sus estudios, publicados en los “Cahiers de Cassiciacum”, estaban prohibidos en Ecône, quien los leía vivía presa del pánico de ser expulsado, o, digamos, en la angustia de tener que confesarlo cuanto antes a su director espiritual como un pecado.

Era entonces un desconocido, y peor que un desconocido, aquel a quien solo conocíamos a través de la denigración sistemática de Ecône, donde él había sido sacrificado en el altar de la “reconciliación” con “Roma”. Después de nuestra providencial salida de la Fraternidad, muchos de nosotros leímos por primera vez los escritos de Mons. Guérard des Lauriers; la verdad salía a la luz, pero aún quedaban algunos puntos oscuros que sólo los contactos personales nos parecían poder dilucidar... Y así, en ese día dedicado a la Santísima Virgen, nos encontramos frente al portón de la residencia de Mouchy en Raveau.

Tan pronto como llegó, cada uno de nosotros celebró la Misa a la que él asistió. Notamos la austeridad de los lugares y el abandono en el que vivía, a pesar de la dedicación de la Srta. Mandon y del joven Pierre Cazalas, desde hacía poco con él como estudiante. Conocimos a un hombre probado por tanto sufrimiento y abandono... y sin embargo fiel, y con la respuesta exacta a todas las preguntas.

Salimos de nuevo el día 25 hacia otros lugares; el contraste nos impactó en favor de Mons. Guérard des Lauriers, el cual, acostumbrado a las decepciones, sin duda se sorprendió un poco al vernos regresar el 30 de septiembre, a pesar de los intentos de algunos para disuadirnos.

Me excuso por contar un hecho personal aquí, pero todavía me conmueve pensar en ello. Ese día también celebramos la Misa en Raveau, pero uno de los dos jóvenes que estaban con Monseñor se había ido y yo no tenía entonces acólito. Estaba a punto de comenzar cuando vi a Mons. Guérard arrodillado a mis pies. Él me sirvió la Misa, ese obispo de ochenta y ocho años, ese eminente teólogo, permaneció todo el tiempo de rodillas como el más pequeño y piadoso de los seminaristas, absorto en la adoración...

Al despedirnos nos bendijo y bendijo a nuestro Instituto Mater Boni Consilii. Estoy persuadido de que el Instituto nació “formaliter” ese día, ¡bajo esa bendición y por la oración de quien Dios había destinado para defender y transmitir la Oblación Pura!

Desde nuestro primer encuentro nos dijo: “No creo estar equivocado, les ruego que me presenten todas sus dificultades y todas sus dudas y, si nos ponemos de acuerdo y lo desean, podremos colaborar” (25/9/86).

El 17 de octubre todo el Instituto (los cuatro sacerdotes y G. Coradello) se dirigió a Villard-Laté, no lejos de la frontera donde el Padre Guérard quería pasar sus últimos años como eremita, si, por el contrario, la Providencia no lo hubiera llamado al combate. Era claro para todos que el Instituto había encontrado al Padre, al Obispo, al Doctor que buscaba, verdadera figura de Jesús. Desde entonces, los encuentros serían más frecuentes y la unión más estrecha.

La Tesis en Sodalitium

En mayo de 1987 salió el nº 13 de Sodalitium que publica “una importante entrevista” con Mons. Guérard des Lauriers. Era el fruto de un largo trabajo, para nosotros y para él, que pasaba noches enteras fatigándose sobre su texto. Era mucho más que una simple entrevista. Monseñor ofrecía, quizás por primera vez, una síntesis orgánica de su pensamiento incluyendo todos sus desarrollos (desde la “Tesis” sobre la Autoridad hasta la posición sobre las consagraciones) en una presentación fácilmente accesible. Sinceramente, pienso que es fundamental conocer este texto, que algunos podrían considerar marginal, para poder comprender bien a Mons. Guérard y su posición. Su alegría al leer las preguntas que le hicimos para la entrevista fue completa: “Nunca -nos dijo- he visto un texto como este, es magnífico”. Apreciaba especialmente que se le diera la oportunidad de exponer a todo el mundo, incluso a los fieles menos formados, la Verdad con sus exigentes consecuencias prácticas. Este pensamiento aflora especialmente en su última respuesta, que concierne al Instituto y que transcribo:

“Estoy feliz de manifestar al Instituto y a sus miembros mis votos sobrenaturales y mi ferviente simpatía. No puedo más que aprobar la finalidad del Instituto, visto que comporta la difusión entre los fieles de aquello que precisamente creo ser la verdad, y de lo cual se ha recordado arriba lo esencial.

Aprecio por encima de todo y doy gracias a Dios de que los Sacerdotes del Instituto tengan la lealtad y el valor de explicar la verdad a TODOS, sin excepción. “Los pobres son evangelizados” (Mat. XI, 5). Es el signo último que el mismo Jesús dio a Juan, cuyos discípulos vinieron a preguntarle: “¿Eres tú Él que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mat. XI, 2). El signo crucial de que el Instituto viene de Jesús es que respeta a los humildes. “Tratarlos con consideración”, “no inquietarlos”, es en el fondo despreciarlos, como si solo uno mismo fuese tan penetrante como para comprenderlo todo y tan fuerte como para sobrellevarlo; es apoyarse en uno mismo y no en la salvación por la verdad. “Veritas liberavit vos” (Jn. VIII, 32); ¡Veritas! ¡non mendacium! Algunos profesan “en principio” la verdad respecto de la situación de la Iglesia, pero se dedican a ocultar esta “profesión de Fe” y se separan ostensiblemente de quienes la proclaman claramente... “opportune et importune” (II Tim. IV, 2). El Instituto “Mater Boni Consilii” ha sido concebido y ha nacido en la Caridad de la Verdad. Dominus incipit, Ipse perficiat.

Monseñor entre nosotros (13-17 de junio de 1987)

Los tiempos estaban maduros para que Monseñor viniera entre nosotros, a Turín, Nichelino, Orio.

Él mismo eligió la fiesta de la Santísima Trinidad (que caía el 14 de junio), en homenaje a este misterio que contemplaba y adoraba incesantemente. Durante el solemne oficio pontifical, antes de las Confirmaciones, Monseñor pronunció la homilía (cf. Sodalitium nº 14, pág. 7). Hablando en esta ocasión de nuestro Instituto dijo: “Entonces lo primero que hay que hacer es reconocer lo que es: la Verdad, por eso no puedo dejar de renovar mi agradecimiento […] al Instituto, porque hasta el presente yo era la voz que clama en el desierto.

Cierto, hemos tenido reuniones para exponer una tesis, pero comunicar la Verdad a vosotros, pueblo cristiano, invitar a los fieles a asumir sus propias responsabilidades no en un auditorio reservado y seleccionado, sino diciendo la Verdad a todos, como en la plaza pública, hasta donde sé, esto aún no se había hecho. Por eso estoy muy feliz de escuchar ahora un eco en el desierto donde yo había permanecido hasta ahora”.

Después de las Confirmaciones (el 14) se quedó con nosotros para predicar un retiro inspirado en el Monfort. Pero la última instrucción (la 17) no se terminó. Se refería a nuestro Instituto al hablar de la “Oración abrazada”. Estaba tan conmovido que no pudo continuar. Esta emoción, este silencio, fueron para nosotros más elocuentes que muchas palabras.

Unos días después nos escribió (en una vieja hoja con membrete de Ecône, en la que añadió al margen: “¡In memoriam!”, en recuerdo):

“Queridos amigos:

Mi deber fue y sigue siendo agradecerles - la hospitalidad que me han brindado permanece, en sus más mínimos detalles, inscripta en mí... como una llamada permanente a la oración que no dejo de hacer por ustedes, por vuestra MISSIO que es, así lo creo, la misma de la Iglesia, Cuerpo Místico de JESÚS - “Nolite timere, pusillus grex, QUIA...” - la razón dada por JESÚS MISMO, es el objeto de nuestra muy serena seguridad en la Santísima Fe que no engaña. Esta FE y esta ESPERANZA, las comparto con ustedes, en la COMUNICATIO que es propiamente la del AMOR. (...)

Permanezco incesantemente con ustedes, en estado de oración y de “tendencia”, que es a la vez preparación y fruto de la OBLATIO MUNDA.

Los bendigo. Cuento con ustedes. GRACIAS”. (26/6/87)

Un primer proyecto: reunirnos

Ante la Presencia unitiva de Jesús en el Santísimo Sacramento, verdadero vínculo entre él y nosotros, alimentamos la idea de añadir también una unión local entre nosotros. Desde su visita habíamos estado hablando de ello; él nos escribió poco después: “Confíen, conmigo, a MARÍA, el querido proyecto de reunirnos...”

Qué empresa, para Monseñor, que aún no había terminado su mudanza de Etiolles (donde estaba ligado por todos los recuerdos del Saulchoir y de la vida conventual) a Raveau, emprender, a la edad de ochenta y nueve años, ¡otra mudanza, y al extranjero!

Pero tal era su deseo, continuamente renovado en cada encuentro; ¡quería estar con nosotros! No hace falta decir lo felices y emocionados que estábamos con ello. Pero la espera por una casa más grande se prolongaba, posponiendo el día de la reunión, que en los designios de Dios iba a permanecer como un deseo del corazón sin realizar aquí abajo. […]

Un último pensamiento: el Instituto

[…] Sintiendo que se acercaba la muerte, a decir verdad, el encuentro con el divino Maestro Jesús, Monseñor quiso volver a pensar en los hijos que dejaba en esta tierra, antes de volver su espíritu hacia el Cielo, todo a la contemplación de la Santísima Trinidad. Todos los que le fueron fieles pueden decir cómo, en los últimos tiempos, los dirigía hacia el Instituto. […]

Así que uno de sus últimos pensamientos fue encontrarnos un traductor para la edición francesa de “Sodalitium”. […] Y quiso que estuviéramos con él durante su última enfermedad: […] el Padre Murro velará por él, con los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, cada día hasta su último suspiro, como él mismo cuenta en el artículo que escribió en este número. La Comunión diaria, me dijo, que le aportaba cada día su medida de vida y su medida de cruz, y su larga acción de gracias silenciosa, no le impedían sin embargo pensar en nosotros, en la casa que había que comprar, donde él habría deseado venir también. Un día, con ternura paternal, al verme preocupado por un largo y agotador viaje que tenía que hacer, me bendijo desde su lecho de enfermo: “Bendigo su viaje”. Y ahora le pido, le pedimos todos, los que pertenecemos al Instituto, que bendiga nuestro viaje hacia la Eternidad. Después de las líneas que citamos anteriormente, ¿cómo dudar de que Mons. Guérard des Lauriers, Padre Louis-Bertrand O.P., es realmente nuestro Padre y verdadero cofundador? Sin él, ¿qué sería de nuestro Instituto?, una “materia sin forma”, me atrevo a decir. Entonces, ¿podemos dudar del amor de Monseñor por nosotros, de su voluntad de vernos continuar su obra?... Que los verdaderos amigos de Mons. Guérard des Lauriers se unan a nosotros, que recen por nosotros, trabajadores de la última hora, para que seamos dignos del ideal que nos ha trazado, de las palabras inflamadas que nos ha dirigido, de la misión que nos ha confiado...

(Sodalitium nº 18)

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