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22 marzo 2013 5 22 /03 /marzo /2013 21:28

† Continuación del Santo Evangelio según San Juan (8, 46-59)

En aquel tiempo: Decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron los judíos: ¿No decimos bien que eres un samaritano y que estás endemoniado? Respondió Jesús: Yo no estoy poseído del demonio, sino que honro a mi Padre; y vosotros me habéis deshonrado a mí. Yo no busco mi gloria, hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad, os digo: quien guarde mi doctrina, no morirá jamás. Dijeron los judíos: Ahora conocemos que estás poseído de algún demonio. Murieron Abraham y los profetas; y tú dices: Quien guarde mi doctrina, no morirá eternamente. ¿Por ventura eres mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y que los profetas, que también murieron? Tú ¿por quién te tienes? Jesús respondió: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios, y no lo conocéis, mientras que yo lo conozco. Y si dijese que no lo conozco, sería tan mentiroso como vosotros. Pero le conozco y observo sus palabras. Abraham, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y gozó mucho. Y le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo soy. Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se ocultó a sus ojos y salió del templo.

Queridos hermanos:

Acabamos de escuchar una fuerte discusión entre Nuestro Señor y sus enemigos jurados, los judíos, los fariseos, la Sinagoga de Satanás, que había deformado las profecías de la Sagrada Escritura forjándose un Mesías temporal, y es por no plegarse a sus deseos, y ante todo por haberse proclamado Dios, que ellos van a condenar a muerte a Nuestro Señor. A medida que nos acercamos a Semana Santa, como se aprecia en los textos litúrgicos de los próximos días, el conflicto con los fariseos se agudiza cada vez más hasta el desenlace en el drama de la Pasión. Nuestro Señor es claro con ellos, es terminante: “vosotros sois mentirosos”, vosotros vivís en la mentira; “vuestro padre es el diablo”, les dirá en otra ocasión. Por otra parte, el Evangelio de hoy termina con la proclamación por parte de Nuestro Señor de Su Divinidad: “en verdad os digo, antes de que Abraham existiera, Yo soy”. Los judíos lo comprendieron y tomaron piedras para tratar de lapidarlo. Pero el Evangelio nos dice que Jesús se escondió y salió del templo. Él dará Su vida libremente, cuando lo quiera. Jesús se esconde, es por eso que durante el tiempo de Pasión se cubren las imágenes de los Santos, e incluso los crucifijos, con un velo morado, como habrán notado al entrar a la iglesia.

Esta semana celebramos la fiesta de San José, Patrono de la Iglesia universal. Pero ustedes podrían preguntarse: ¿cuál es la relación entre todo esto? Y bien, la semana pasada hemos podido presenciar acontecimientos muy graves, de los que han dado cuenta los medios de comunicación. A los ojos del mundo, el colegio cardenalicio eligió a quien se hace llamar Francisco.

Como argentino, me siento avergonzado. Este Francisco, considerado cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos Aires, es verdaderamente amigo de los enemigos de Nuestro Señor. Se lo ha podido ver durante los días de fiesta judíos, en la sinagoga de Buenos Aires, junto al rabino, con la “kipá” en la cabeza, encendiendo el candelabro. En ocasión de un “congreso carismático” en Buenos Aires, en presencia del predicador de ejercicios espirituales del Vaticano, Bergoglio se arrodilló ante pastores protestantes para recibir una supuesta bendición. También lo hemos visto la noche de su elección, antes de bendecir a la multitud, inclinarse ante ella pidiéndole a la gente que pidiera a Dios la bendición para él, en un gesto inaudito. En sus primeras palabras ante la multitud, se presentó insistentemente como “obispo de Roma” y no pronunció ni una vez la palabra “Papa”, en otro gesto inaudito que va siempre en el sentido de la destrucción de la autoridad y de la colegialidad episcopal del Vaticano II.

Tomó el nombre de Francisco. Hay una fábula que relata la historia de un cierto rey Midas; el cual, todo lo que tocaba lo convertía en oro. Y bien, los modernistas todo lo que tocan lo ensucian, lo destruyen y –permítanme la expresión– lo pudren. Ha profanado el nombre de un gran Santo, San Francisco de Asís, que nada tiene que ver con esta “fraternidad universal” de la que habló la noche de su elección, o con el ecumenismo conciliar. Ya que San Francisco no dudó en ir a tierras islámicas para intentar convertir al sultán, al rey musulmán, proclamando ante él, sin miedo ni respetos humanos, mientras los imanes que rodeaban al sultán apretaban los dientes de rabia, que Jesucristo es el único Dios verdadero y que para salvar su alma el sultán tenía que abandonar la falsa religión del Islam.

Ni la Iglesia ni San Francisco tienen nada que ver tampoco con una pobreza que iría más o menos en el sentido de la izquierda. La Iglesia enseña el espíritu de pobreza y la pobreza voluntaria, y condena todo tipo de socialismo y comunismo, que ponen en peligro o suprimen la propiedad privada y que enfrentan las clases sociales unas contra otras.

Por todo esto, Jorge Bergoglio, Francisco, no es Papa, al igual que sus predecesores del Vaticano II, y no puede ser Papa, en virtud de la asistencia divina de parte del Espíritu Santo con que cuenta la autoridad legítima de la Iglesia. Y el Espíritu Santo, de manera evidente, no está allí, mis queridos amigos, y ha abandonado el Vaticano hace ya algunas décadas. Y podríamos añadir a todo esto, la cuestión de su ordenación sacerdotal con el rito reformado, el cual es más que dudoso. No es posible estar en comunión con los modernistas, con Francisco, con la sinagoga y con las otras religiones. Piensen seriamente en esto. No se puede estar en comunión con esta gente en la liturgia, en la Misa, siendo la Misa tan importante para los católicos, siendo el centro de nuestras vidas. De la importancia que demos a esta cuestión depende la preservación de la fe para nosotros, para nuestros hijos, para las generaciones futuras.

En conclusión, recemos con insistencia a San José, Patrono de la Iglesia universal por todas esas almas que se dejan engañar por la Iglesia Conciliar, que están en el error y que seguirán a este Francisco al infierno. Que San José nos ayude a conservar la fe en la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, Esposa Inmaculada del Verbo Encarnado, que nada tiene que ver con el modernismo.

Padre Héctor L. Romero

Rennes, Francia, 17 de marzo de 2013

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Published by P. Romero
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Comentarios

Catalina. 07/28/2016 19:25

Excelente! Gracias, Pater. Dios Solo+

juan Manuel 03/24/2013 05:20

Amen

 

 

 

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