Monday 23 december 2013 1 23 /12 /Dic /2013 20:42

Por el Abbé Hervé Belmont

La colección Magnificat (maletín que contiene fichas consagradas a la doctrina y a la cultura católica al que Ud. siempre puede suscribir) prosigue sus pasos tranquilos; aborda a veces temas que revisten una importancia particular en cuanto se refieren a errores que se incuban más o menos bajo la ceniza de gente deseosa de conservar la fe católica, pero poco esclarecida sobre la enseñanza precisa de la Iglesia Católica.

He aquí un buen ejemplo en la ficha consagrada al Milenarismo, cuyo texto adelantamos a continuación.

I. El milenarismo “duro”

El milenarismo es una transposición “bautizada” del mesianismo temporal que los judíos se pusieron a profesar a partir del exilio de Babilonia: mesianismo que impidió a la mayoría de ellos reconocer en Jesucristo al Mesías y al Hijo de Dios. El milenarismo es el mismo error, relacionado a la segunda venida de Jesucristo aquella en la cual Él debe volver en poder y majestad para juzgar a los vivos y los muertos.

He aquí un extracto muy instructivo del Sentido místico del Apocalipsis de Dom Jean de Monléon (págs. 324-327) con respecto al capítulo XX del libro de San Juan.

“Todos estos siervos que permanecieron fieles a Dios a pesar de las persecuciones [en el tiempo del Anticristo] murieron, es verdad, a los ojos de los hombres: pero, en realidad, inmediatamente franqueadas las puertas del otro mundo, encontraron, en la unión de su alma con su Creador, una nueva vida mucho más perfecta que la de aquí abajo. Y reinaron mil años con Cristo.

“Estas últimas palabras piden algunas explicaciones, ya que es sobre ellas que se injertó la doctrina llamada del milenarismo; doctrina rechazada por la Iglesia desde siglos, y que sin embargo ve de vez en cuando a nuevos campeones levantarse en su favor, bajo el engañoso pretexto de que tiene a su favor la opinión de varios Padres auténticamente ortodoxos. Sus propugnadores, los milenaristas, llamados también quiliastas, sostienen que mucho antes del día de la resurrección general, los justos retomarán sus cuerpos, y así resucitados, reinarán mil años sobre esta tierra, en la Jerusalén restaurada, con Cristo. Luego vendrá la última rebelión de Satanás, el combate supremo entablado contra la Iglesia por Gog y Magog, el aplastamiento de los rebeldes por Dios, y por fin la resurrección universal seguida del Juicio Final. Habría así dos resurrecciones sucesivas, separadas por un intervalo de mil años: la de los mártires en primer lugar, luego la del resto de la humanidad.

“La teoría del milenarismo tenía raíces en la literatura judía, atormentada siempre por la idea de un Mesías que reinara gloriosamente en la tierra. Retomada en tiempos de San Juan por el heresiarca Cerinto, es exacto que en los siglos II y III de la era cristiana, algunos Padres, y no de los menores, la adoptaron, bajo distintas formas más o menos atenuadas. Se puede citar entre ellos a San Justino, San Ireneo, Tertuliano et alii

“Pero de ninguna manera puede considerarse que el parecer de estos escritores representara la creencia de la Iglesia: en efecto, para que el testimonio de varios Padres pueda considerarse la expresión de la Tradición católica, dicen los teólogos que hace falta “que no sea impugnado por otros”. Ahora bien, esta condición no existe de ninguna manera en este caso: ya San Justino reconocía que la teoría milenarista distaba mucho de ser admitida por todos; Orígenes la rechazaba y la trataba de inepcia judaica. San Jerónimo rompe deliberadamente con ella: “En cuanto a nosotros, no esperamos escribe según las fábulas que los Judíos decoran con el nombre de tradiciones, que una Jerusalén de perlas y oro descienda del cielo (…). Sólo hay demasiados de los nuestros que han tomado seriamente estas promesas (…)”

“San Agustín se pronuncia en el mismo sentido: si señala en primer lugar algunas vacilaciones, a continuación, en la Ciudad de Dios, se lo ve condenar claramente el quiliasmo, y esta opinión es la que prevalece en adelante, tanto en Oriente como en Occidente, en la Iglesia. A partir del siglo IV, no se encuentra a ningún nuevo escritor católico digno de consideración que defienda el milenarismo, y el parecer unánime de los teólogos, en cuyo primer plano hay que citar a Santo Tomás y a San Buenaventura, lo descarta con determinación. (…)

“Así pues, como ya lo hemos indicado, la expresión: Y han reinado mil años con Cristo debe entenderse en un sentido místico. Los mil años designan todo el período que se extiende entre el día en que Cristo, por Su Resurrección, abrió de nuevo el Reino de los Cielos, franqueando sus puertas con su Santísima Humanidad, y el día en el cual, gracias a la resurrección general, los cuerpos entrarán allí a su vez. Pero en cuanto a las almas de los bienaventurados, ellas ya están allí, estrechamente unidas a Aquel que es su verdadera vida; participan en la gloria de Cristo, constituyen su corte, reinan con Él”.

El estudio y la refutación del milenarismo son el objeto de una tesis de la clásica obra del Cardenal Jean-Baptiste Franzelin, Tractatus de divina Traditione et scriptura, S.C. de Propaganda fide, Roma 1882, tesis XVI, págs. 186-201.

A lo largo de un apretado discurso, él invoca especialmente el testimonio de Santo Tomás de Aquino (en IV Sent. dist. XLIII q. 1 a. 3 sol. 1 ad 4): “Con motivo de las palabras del Apocalipsis (cap. XX), como relata San Agustín (Ciudad de Dios, libro XX), algunos herejes afirmaron que los muertos resucitarían una primera vez para reinar con Cristo en la tierra durante mil años: de ahí se les llama quiliastas o milenaristas. San Agustín muestra que hay que entender las palabras del Apocalipsis de la resurrección espiritual, por la cual los hombres resucitan del pecado por el don de la gracia. La segunda resurrección es la de los cuerpos. Es la Iglesia que se llama el Reino de Cristo…”

El milenarismo es entonces el ejemplo de una teoría explorada por algunos Padres, pero que no es tradicional porque no se transmitió. Al contrario, sufrió un definitivo freno por parte de Padres principales de la Iglesia (San Jerónimo, San Agustín) y fue rechazada del cuerpo de la doctrina católica. Resurgió de vez en cuando, pero fue en los medios heterodoxos y en las sectas protestantes.

II.  El milenarismo “mitigado”

Junto al milenarismo francamente heterodoxo y multiforme (y ridículo, según dice San Agustín), a veces se profesa un milenarismo ablandado (ese es el verdadero sentido de mitigado) que se esfuerza por evitar las oposiciones demasiado escandalosas con la doctrina de la Iglesia.

El Papa Pío XII, el 21 de julio de 1944, mandó emitir por el Santo Oficio un decreto que reza así:

“En estos últimos tiempos, más de una vez se preguntó a esta Suprema Congregación del Santo Oficio qué hay que pensar del sistema del milenarismo mitigado, que enseña que antes del Juicio Final, precedido o no de la resurrección de varios justos, Cristo Nuestro Señor vendrá visiblemente a nuestra tierra para reinar.

“Respuesta: El sistema del milenarismo mitigado no puede enseñarse con seguridad”.

La sentencia emitida por el Santo Oficio es la extensión a la Iglesia universal de una condena notificada tres años antes (11 de julio de 1941) en una respuesta dirigida al Arzobispo de Santiago de Chile. Esta carta, redactada en los mismos términos que los antedichos, precisa por otro lado dos cosas que permiten entender bien el alcance del acto.

1. Lo que es contemplado por la condena es el milenarismo tal como se profesa en el libro de Manuel Lacunza (publicación póstuma bajo el pseudónimo de Ben Ezra), La Venida del Mesías en gloria y majestad, obra ya condenada (Index del 6 de septiembre de 1824).

2. El deber del Arzobispo es velar por medios eficaces para que esta falsa doctrina no sea, bajo ningún pretexto, ni enseñada, ni propagada, ni justificada ni recomendada, sea de viva voz como por escritos.

Sabemos así de qué doctrina se trata: aquélla propagada por Ben Ezra; y lo que hay que entender por tuto doceri non posse no puede enseñarse con seguridad: ni enseñanza, ni apología.

Además, dado que la obra de Ben Ezra está inscripta en el catálogo del Index (y todavía presente en la última edición), no puede poseerse, ni leerse, ni comprarse ni venderse. ¡La elección es entre el fuego y el cesto!

Si se traduce a lenguaje corriente la respuesta del Santo Oficio, da esto: hay que desconfiar del milenarismo mitigado; y si se añaden las precisiones aportadas por la carta, se completa: como de la peste.

La Iglesia nos ordena entonces firmemente desconfiar del milenarismo mitigado como de la peste. ¿Pero por qué?

Desde el punto de vista de la verdad (punto de vista fundamental del Santo Oficio), este milenarismo no es enseñado por la divina Revelación pública, que es sin embargo la única que puede darnos a conocer un futuro que sólo depende de la voluntad de Dios.

Nuestra esperanza tiene como objeto el Reino de Gloria en el Cielo: el cual ya existe, lo esperamos activamente y podemos ser llamados a él en cualquier momento.

El combate por la Realeza social de Jesucristo es un combate presente, en la sociedad contemporánea, por la Iglesia Católica, que es desde ahora el Reino de Jesucristo sobre la tierra, y un reino que es principalmente espiritual.

La vida cristiana no es la espera de una especie de nueva redención: hoy es cuando hay que vivir en estado de gracia para agradar a Dios, en la oración y el deber de estado, en el espíritu filial y el amor del prójimo. El resto no es más que mítico e imaginario.

http://www.quicumque.com/article-le-millenarisme-121454691.html

 

Por P. Romero
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Monday 11 november 2013 1 11 /11 /Nov /2013 17:25

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Por P. Romero
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Thursday 8 august 2013 4 08 /08 /Ago /2013 10:26

Probado a partir del Magisterio Pontificio, el Concilio de Trento, el Derecho Canónico, el Martirologio Romano, los Santos Padres, los Doctores y teólogos de la Iglesia

Últimamente S.E. Mons. Pivarunas ha estado profundizando la enseñanza eclesiástica acerca de la necesidad del bautismo. Como veremos en las siguientes citas, para salvarse es necesario pertenecer a la Iglesia Católica, al menos por el deseo. También es necesario recordar que sin la fe y la caridad sobrenatural la salvación es imposible, se haya o no recibido el sacramento del bautismo. Al adulto que busca conocer y hacer la voluntad de Dios se le da la gracia suficiente para que obre lo necesario y obtenga la salvación.

1. Concilio de Trento (1545-1563)

Cánones sobre los sacramentos en general, c. 4: «Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva ley no son necesarios, sino superfluos para salvarse; y aun cuando no todos sean necesarios a cada particular, asimismo dijere que los hombres sin ellos, o sin el deseo de ellos (sine eis aut eorum voto), alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación; sea anatema».  

Decreto sobre la justificación, ses. VI, cap. IV: «En esas palabras se describe la justificación del pecador, de suerte que es tránsito de aquel estado en que el hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y adopción de los hijos (Rom. 8, 15) de Dios por el segundo Adán, Jesucristo nuestro Salvador; y este tránsito no se puede lograr, después de promulgado el Evangelio, sin el bautismo o sin el deseo de él (sine lavacro regenerationis aut eius voto); según está escrito: El que no naciere de agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios (Jn. 3, 5)».  

2. S. Alfonso M. de Ligorio (Doctor de la Iglesia, 1691-1787)

«Mas el bautismo de deseo es una conversión perfecta a Dios por contrición, o por amor a Él sobre todas las cosas, con deseo explícito o implícito del verdadero bautismo de agua, del cual toma su lugar en cuanto a la remisión de la culpa, pero no en cuanto a la impresión del carácter [bautismal] o a la supresión de toda pena a pagar. Se llama “de viento” [flaminis] porque se realiza bajo el impulso del Espíritu Santo, a quien se le da este nombre [flamen]. Ahora bien, es de fide que los hombres se salvan también por el bautismo del deseo, según el canon “Apostolicam de presbytero non baptizato y el Concilio de Trento, sesión VI, capítulo IV, donde está dicho que nadie puede salvarse “sin el bautismo o su deseo”» (“Teología moral”, lib. VI).  

3. Código de Derecho Canónico (1917)

Sobre la sepultura eclesiástica, cn. 1239.2: «Los catecúmenos que sin culpa propia mueren sin el bautismo, han de ser tratados como los bautizados» (“The Sacred Canons, PP. John Abbo, Jerome Hannan).  

Comentario al Código: «La razón de esta regla estriba en que justamente se cree que ellos encontraron la muerte unidos a Cristo por el bautismo del deseo».  

4. Papa Inocencio III (1198-1216)

«A vuestra pregunta respondemos de la siguiente manera: Afirmamos sin vacilación alguna (basados en la autoridad de los Santos Padres Agustín y Ambrosio) que el presbítero de quien decís (en vuestra carta) haber muerto sin el agua del bautismo, por haber perseverado en la fe de la Santa Madre Iglesia y en la confesión del nombre de Cristo, fue liberado del pecado original y obtuvo la dicha de la patria celestial. Leed, hermano, en el libro VIII de la obra La Ciudad de Dios de San Agustín, donde, entre otras cosas, escribe que “el bautismo es administrado invisiblemente a quien ha sido excluido no por desprecio a la religión, sino por la muerte”. Leed también otra vez el libro del bienaventurado Ambrosio en lo concerniente a la muerte de Valentiniano, donde afirma lo mismo. Por lo tanto, en las cuestiones que atañen a los muertos, debéis sostener las opiniones de los doctos Padres, y en vuestra iglesia habéis de uniros en oración y hacer que se ofrezcan sacrificios a Dios por el mencionado presbítero» (Apostolicam”, Dz. 388).

«Habéis preguntado, en efecto, por cierto judío, que habiendo vivido únicamente entre judíos, en la hora de la muerte se sumergió en agua diciendo: “Yo me bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”. Respondemos que, debiendo haber distinción entre el bautizante y el bautizado, como se deduce de las palabras del Señor, cuando dice a los Apóstoles: “Id y bautizad a todas las naciones en el nombre…” (cf. Mt. 28, 19), el mencionado judío debe ser bautizado nuevamente por otro, de tal manera que pueda mostrarse que uno es el bautizado y otro es el que bautiza... Sin embargo, si el susodicho hubiera muerto inmediatamente, al instante hubiera volado a la patria celestial por virtud de la fe en el sacramento, aunque no por el sacramento de la fe» (Debitum pastoralis officii, 28/08/1206, Dz. 413).  

5. Papa San Pío V (1566-1572)

Condenó (en Ex omnibus afflictionibus”, 1/10/1567) las siguientes proposiciones erróneas de Miguel Bayo:  

La caridad sincera y perfecta, que nace de corazón puro y conciencia buena y fe no fingida (I Tim. 1, 5), puede darse en los catecúmenos como en los penitentes sin la remisión de los pecados.

Aquella caridad, que es la plenitud de la ley, no está siempre unida con la remisión de los pecados.

El catecúmeno vive justa, recta y santamente y observa los mandamientos de Dios y cumple la ley por la caridad, antes de obtener la remisión de los pecados que sólo se recibe en el bautismo.

6. S. Ambrosio (Doctor de la Iglesia)

«Os oigo expresar pena porque [Valentiniano] no recibió el sacramento del bautismo. Decidme, ¿qué más hay en nosotros excepto voluntad y súplica? Mas él por largo tiempo deseó ser iniciado... y expresó su intención de ser bautizado... Sin duda lo recibió porque lo pidió».

7. S. Agustín (Doctor de la Iglesia)

«No vacilo en colocar al catecúmeno católico, que arde en el amor a Dios, antes que el hereje bautizado… El centurión Cornelio, antes de su bautismo, fue mejor que Simón [Mago], quien había sido bautizado. Pues Cornelio, aun antes del bautismo, estaba lleno del Espíritu Santo; mientras que Simón, después del bautismo, estaba hinchado de un espíritu inmundo» (De Bapt. c. Donat., IV, 21).

8. S. Tomás de Aquino (Doctor de la Iglesia)  

«Respondo: El sacramento del bautismo puede faltarle a alguien de dos maneras. Primero, de hecho y de propósito, como ocurre a los que ni están bautizados ni quieren bautizarse. Esta actitud, en los que tienen uso de razón, supone desprecio del sacramento. Por eso, aquellos a quienes les falta el bautismo de esta manera, no pueden conseguir la salvación, porque ni sacramental ni intencionalmente se incorporan a Cristo, por quien únicamente viene la salvación.  

«En segundo lugar, el sacramento del bautismo puede faltarle a alguien de hecho pero no de propósito, como es el caso de quien desea recibir el bautismo pero inopinadamente es sorprendido por la muerte antes de recibirlo. Éste puede conseguir la salvación sin el bautismo de hecho, por el deseo del bautismo, un deseo que procede de la fe que actúa por la caridad, por la que el hombre es santificado interiormente por Dios, cuyo poder no está atado a los sacramentos. Por eso dice san Ambrosio de Valentiniano, muerto cuando era todavía catecúmeno: Perdí al que había de regenerar, mas él no perdió la gracia por la que oró”» (Summa”, III p., q. 68, a. 1).

9. S. Roberto Belarmino (Doctor de la Iglesia, 1542-1621)

«Boni catechumeni sunt de Ecclesia, interna unione tantum, non autem externa» (Los buenos catecúmenos son de la Iglesia, aunque por unión interna solamente y no por unión externa - lib. II, cap. XXX).

10. Martirologio Romano

23 de Enero: En Roma, Santa Emerenciana, virgen y mártir, fue apedreada por los paganos, siendo todavía catecúmena, al encontrarse orando en la tumba de Santa Inés, de quien era hermanastra.

12 de Abril: En Braga, Portugal, San Víctor, mártir, rehusó adorar un ídolo cuando todavía era catecúmeno, y confesó a Cristo Jesús con gran constancia; así, después de muchos tormentos y de ser decapitado, mereció ser bautizado en su propia sangre.

11. Papa Pío IX (1846-1878)

«Claramente debe sostenerse como artículo de fe que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse, que la Iglesia es la única arca de salvación, y que quien no entre en ella perecerá en el diluvio. Por otro lado, asimismo debe sostenerse como cierto que quienes están afectados por ignorancia de la verdadera religión, si fuese ignorancia invencible, no están sujetos a culpa alguna en esta cuestión ante los ojos del Señor. Ahora bien, ¿quién podría presumir de tener la habilidad de establecer las fronteras de tal ignorancia, tomando en consideración las diferencias naturales de los pueblos, tierras, talentos nativos y muchos otros factores? Solamente cuando hayamos sido librados de los lazos de este cuerpo y hayamos visto a Dios tal como es (Jn. 3, 2), comprenderemos realmente qué tan íntimo y hermoso es el lazo que une la misericordia divina con la justicia divina» (Singulari Quadam”, 1854).                                                                                                                    «...Todos sabemos que los afectados de ignorancia invencible respecto a nuestra santa religión, si guardan con solicitud los preceptos de la ley natural, escritos por Dios en el corazón de los hombres, si están preparados para obedecer a Dios y si llevan una vida virtuosa y sumisa, pueden alcanzar la vida eterna por el poder de la luz y la gracia divinas» (Quanto Conficiamur Moerore”, 1863).  

12. Papa Pío XII (1939-1958)

«Como bien sabéis, Venerables Hermanos, desde el mismo comienzo de Nuestro Pontificado, hemos confiado al cielo la protección y guía de quienes no pertenecen al organismo visible de la Iglesia Católica, declarando solemnemente que, a ejemplo del Buen Pastor, nada deseamos más ardientemente que tengan vida y la tengan con mayor abundancia... Pues, aunque inconscientemente estén relacionados al Cuerpo Místico del Redentor en deseo y resolución, sin embargo, siguen estando privados de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales, que sólo se pueden gozar en la Iglesia Católica» (Mystici Corporis Christi”, 29/06/1943).  

13. P.  A. Tanquery

El bautismo de deseo. La contrición  o caridad perfecta, junto con un deseo al menos implícito del bautismo, suple en los adultos al bautismo de agua en lo que mira al perdón de los pecados.

Esto es cierto. Explicación: a) Un deseo implícito del bautismo, el cual supone el propósito general de guardar todos los mandamientos de Dios, es, como todos lo afirman, suficiente para quien es invenciblemente ignorante de la ley del bautismo; e igualmente, según la opinión más común, para quien sabe de la necesidad del bautismo.  

b) La caridad perfecta, junto con el deseo del bautismo, perdona el pecado original y el actual, y entonces infunde la gracia santificante, pero no imprime el carácter bautismal y no remite por sí misma la totalidad de la pena temporal por el pecado; de donde se infiere que, cuando se ofrezca la oportunidad, la obligación de recibir el bautismo de agua aún permanece en el que ha sido santificado de esta manera (“Dogmatic Brevior”, a. IV, s. I-II, 1024-1, 1945).

14. P. Dominicus Prümmer, O.P. 

«El bautismo del deseo, que es un acto de caridad perfecto que incluye, al menos implícitamente, el deseo del bautismo de agua»;

«El bautismo de sangre, que significa el martirio sobrellevado por Cristo antes de la recepción del bautismo de agua»;

«En cuanto a los efectos del bautismo de sangre y de deseo... ambos producen la gracia santificante ...El bautismo de sangre remite normalmente todos los pecados veniales y la pena temporal...» (“Moral Theology”, 1949). 

15. P. Francis O’Connell

«El bautismo de deseo... es un acto de caridad divina o de contrición perfecta...»

«Estos medios (i.e., el bautismo de sangre y de deseo) presuponen en el sujeto un deseo al menos implícito de recibir el sacramento».

«... Aun si un niño pudiera obtener el beneficio del bautismo de sangre al ser muerto por alguien movido por odio a la fe cristiana…» (“Outlines of Moral Theology”, 1953). 

16. Mons. J.H. Hervé

En quién el bautismo de agua puede ser suplido. Los diversos bautismos: a partir del mismo Concilio de Trento y de sus decretos, se mantiene firmemente que el bautismo es necesario, ya sea de hecho o de deseo; por tanto, en un caso extraordinario, puede ser suplido. Además, según la doctrina católica, hay dos cosas que pueden suplir el sacramento del bautismo; a saber, un acto de caridad perfecta junto al deseo del bautismo, y la muerte como mártir. Como estas dos cosas compensan el bautismo de agua, también son llamadas bautismo, a fin de que sean comprendidas bajo un solo nombre genérico, por así decir; de tal manera que el acto de caridad junto con el deseo de bautismo se llama baptismus flaminis (bautismo del espíritu), y el otro, martyrium (bautismo de sangre) (“Manuale Theologiæ Dogmaticæ, vol. III, cap. IV, 1931).  

17. PP. H. Nolden S.J., A. Schmit S.J.  

El bautismo de espíritu (flaminis) es la caridad o contrición perfecta, en la que se incluye el deseo de recibir de hecho el sacramento del bautismo; la caridad o contrición perfecta, además, tienen el poder de conferir la gracia santificante (“Summa theologiæ moralis, de Sacramentis, vol. III, lib. II, q. I, 1921).

18. P. Arthur Vermeersch, S.J. 

El bautismo de espíritu (flaminis) es un acto de perfecta caridad o contrición que contiene al menos un deseo tácito del sacramento. De ahí que únicamente lo alcanzan los adultos. No imprime el carácter… pero borra todo pecado mortal junto con la sentencia de la pena eterna, según aquello: “el que me ama, será amado por mi Padre” (Jn. 14, 21) (“Theologiæ Moralis, vol. III, Tractatus II, 1948).

19. Card. Ludovico Billot, S.J.  

El bautismo de espíritu (flaminis), llamado también de arrepentimiento o de deseo, no es otra cosa que un acto de caridad o de perfecta contrición que incluye el deseo del sacramento, según lo dicho anteriormente, a saber, que el corazón de todos es movido por el Espíritu Santo para que crea y ame a Dios, y se arrepienta de sus pecados (“De Ecclesiæ Sacramentis, vol. I, q. LXVI, th. XXIV, 1931).

20. PP. Aloysia Sabetti S.J., Timotheo Barrett S.J.  

El bautismo, puerta y fundamento de los sacramentos, tanto de hecho como de deseo, es necesario para la salvación de todos...

Del bautismo de agua, que es llamado de río (baptismus fluminis), procede el bautismo de espíritu (baptismus flaminis) y de sangre, los cuales pueden suplir al bautismo de hecho, si éste fuera imposible. El primero es una conversión total a Dios por la contrición o caridad perfecta, en cuanto contiene un deseo explícito o al menos implícito de recibir el bautismo de agua... El bautismo de espíritu (flaminis) y el bautismo de sangre son llamados bautismo de deseo (in voto) (“Compendium Theologiæ Moralis, Tractatus XII, De Baptismo, cap. I, 1926).

21. P. Eduardus Genicot, S.J.  

El bautismo de espíritu (flaminis) consiste en un acto de perfecta caridad o contrición, junto al que se une siempre una infusión de gracia santificante…

Ambos son llamados «de deseo» (in voto)... la caridad perfecta, porque se une siempre el deseo, al menos implícito, de recibir este sacramento, absolutamente necesario para la salvación (“Theologiæ Moralis Institutiones”, vol. II, Tractatus XII, 1902).

22. P. George Hardock (1859)

«...La gracia de Dios y la caridad y contrición del hombre ocasionalmente pueden ser tales que éste tenga remisión, justificación y santificación antes de recibir los sacramentos externos del bautismo, confirmación y penitencia; como vemos que sucedió durante la predicación de Pedro, cuando todos recibieron el Espíritu Santo antes que cualquier sacramento...»

23. Hechos de los Apóstoles

«Entonces Pedro dijo: ¿Podemos acaso negarles el agua y no bautizar a quienes han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» (10, 47).

http://www.cmri.org/span-02-baptism_desire_quotes.html

 

Por P. Romero
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Thursday 13 june 2013 4 13 /06 /Jun /2013 15:48

Una afirmación de Bergoglio de una increíble gravedad ha pasado bajo silencio: la hacemos pública y esperamos la respuesta de aquellos que prefieren engañarse en lugar de dar testimonio de la verdad.
Según los Evangelios, Cristo alimentó varias veces a miles de personas con unos pocos panes y peces. Para Bergoglio no se trató de una multiplicación. ¿Se trató al menos de un milagro, naturalmente inexplicable? Bergoglio se cuida de decirlo. Queda la explicación del exégeta modernista excomulgado Loisy: Para Loisy, la multiplicación de los panes es una alegoría mística (aunque la relaten los tres Sinópticos) y simboliza la misma doctrina del discurso sucesivo de Jesús sobre el pan vivo, pero ni la multiplicación ni el discurso son realidades históricas(Giuseppe Ricciotti, Vita di Gesù Cristo, n° 372).
Jorge M. Bergoglio, 16 de mayo de 2013, Ciudad del Vaticano: “(...)
Respecto a los panes y los peces quisiera agregar un matiz: no se multiplicaron, no, no es verdad. Simplemente los panes no se acabaron. Como no se acabó la harina y el aceite de la viuda. No se acabaron. Cuando uno dice multiplicar puede confundirse y creer que hace magia, no. No, no, simplemente es tal la grandeza de Dios y del amor que puso en nuestros corazones, que si queremos, lo que tenemos no se acaba (...)”.

http://es.radiovaticana.va/news/2013/05/16/hoy_d%C3%ADa_est%C3%A1_en_peligro_el_hombre,_la_persona_humana,_la_carne_d/spa-692879

Proposición nº 14 condenada por el Santo Oficio por el decreto Lamentabili del 7 de julio de 1907: “En muchas narraciones, los evangelistas no tanto refirieron lo que es verdad, cuanto lo que creyeron más provechoso para los lectores, aunque fuera falso”.

www.sodalitium.it

 

Por P. Romero
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Friday 22 march 2013 5 22 /03 /Mar /2013 21:28

† Continuación del Santo Evangelio según San Juan (8, 46-59)

En aquel tiempo: Decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron los judíos: ¿No decimos bien que eres un samaritano y que estás endemoniado? Respondió Jesús: Yo no estoy poseído del demonio, sino que honro a mi Padre; y vosotros me habéis deshonrado a mí. Yo no busco mi gloria, hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad, os digo: quien guarde mi doctrina, no morirá jamás. Dijeron los judíos: Ahora conocemos que estás poseído de algún demonio. Murieron Abraham y los profetas; y tú dices: Quien guarde mi doctrina, no morirá eternamente. ¿Por ventura eres mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y que los profetas, que también murieron? Tú ¿por quién te tienes? Jesús respondió: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios, y no lo conocéis, mientras que yo lo conozco. Y si dijese que no lo conozco, sería tan mentiroso como vosotros. Pero le conozco y observo sus palabras. Abraham, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y gozó mucho. Y le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo soy. Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se ocultó a sus ojos y salió del templo.

Queridos hermanos:

Acabamos de escuchar una fuerte discusión entre Nuestro Señor y sus enemigos jurados, los judíos, los fariseos, la Sinagoga de Satanás, que había deformado las profecías de la Sagrada Escritura forjándose un Mesías temporal, y es por no plegarse a sus deseos, y ante todo por haberse proclamado Dios, que ellos van a condenar a muerte a Nuestro Señor. A medida que nos acercamos a Semana Santa, como se aprecia en los textos litúrgicos de los próximos días, el conflicto con los fariseos se agudiza cada vez más hasta el desenlace en el drama de la Pasión. Nuestro Señor es claro con ellos, es terminante: “vosotros sois mentirosos”, vosotros vivís en la mentira; “vuestro padre es el diablo”, les dirá en otra ocasión. Por otra parte, el Evangelio de hoy termina con la proclamación por parte de Nuestro Señor de Su Divinidad: “en verdad os digo, antes de que Abraham existiera, Yo soy”. Los judíos lo comprendieron y tomaron piedras para tratar de lapidarlo. Pero el Evangelio nos dice que Jesús se escondió y salió del templo. Él dará Su vida libremente, cuando lo quiera. Jesús se esconde, es por eso que durante el tiempo de Pasión se cubren las imágenes de los Santos, e incluso los crucifijos, con un velo morado, como habrán notado al entrar a la iglesia.

Esta semana celebramos la fiesta de San José, Patrono de la Iglesia universal. Pero ustedes podrían preguntarse: ¿cuál es la relación entre todo esto? Y bien, la semana pasada hemos podido presenciar acontecimientos muy graves, de los que han dado cuenta los medios de comunicación. A los ojos del mundo, el colegio cardenalicio eligió a quien se hace llamar Francisco.

Como argentino, me siento avergonzado. Este Francisco, considerado cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos Aires, es verdaderamente amigo de los enemigos de Nuestro Señor. Se lo ha podido ver durante los días de fiesta judíos, en la sinagoga de Buenos Aires, junto al rabino, con la “kipá” en la cabeza, encendiendo el candelabro. En ocasión de un “congreso carismático” en Buenos Aires, en presencia del predicador de ejercicios espirituales del Vaticano, Bergoglio se arrodilló ante pastores protestantes para recibir una supuesta bendición. También lo hemos visto la noche de su elección, antes de bendecir a la multitud, inclinarse ante ella pidiéndole a la gente que pidiera a Dios la bendición para él, en un gesto inaudito. En sus primeras palabras ante la multitud, se presentó insistentemente como “obispo de Roma” y no pronunció ni una vez la palabra “Papa”, en otro gesto inaudito que va siempre en el sentido de la destrucción de la autoridad y de la colegialidad episcopal del Vaticano II.

Tomó el nombre de Francisco. Hay una fábula que relata la historia de un cierto rey Midas; el cual, todo lo que tocaba lo convertía en oro. Y bien, los modernistas todo lo que tocan lo ensucian, lo destruyen y –permítanme la expresión– lo pudren. Ha profanado el nombre de un gran Santo, San Francisco de Asís, que nada tiene que ver con esta “fraternidad universal” de la que habló la noche de su elección, o con el ecumenismo conciliar. Ya que San Francisco no dudó en ir a tierras islámicas para intentar convertir al sultán, al rey musulmán, proclamando ante él, sin miedo ni respetos humanos, mientras los imanes que rodeaban al sultán apretaban los dientes de rabia, que Jesucristo es el único Dios verdadero y que para salvar su alma el sultán tenía que abandonar la falsa religión del Islam.

Ni la Iglesia ni San Francisco tienen nada que ver tampoco con una pobreza que iría más o menos en el sentido de la izquierda. La Iglesia enseña el espíritu de pobreza y la pobreza voluntaria, y condena todo tipo de socialismo y comunismo, que ponen en peligro o suprimen la propiedad privada y que enfrentan las clases sociales unas contra otras.

Por todo esto, Jorge Bergoglio, Francisco, no es Papa, al igual que sus predecesores del Vaticano II, y no puede ser Papa, en virtud de la asistencia divina de parte del Espíritu Santo con que cuenta la autoridad legítima de la Iglesia. Y el Espíritu Santo, de manera evidente, no está allí, mis queridos amigos, y ha abandonado el Vaticano hace ya algunas décadas. Y podríamos añadir a todo esto, la cuestión de su ordenación sacerdotal con el rito reformado, el cual es más que dudoso. No es posible estar en comunión con los modernistas, con Francisco, con la sinagoga y con las otras religiones. Piensen seriamente en esto. No se puede estar en comunión con esta gente en la liturgia, en la Misa, siendo la Misa tan importante para los católicos, siendo el centro de nuestras vidas. De la importancia que demos a esta cuestión depende la preservación de la fe para nosotros, para nuestros hijos, para las generaciones futuras.

En conclusión, recemos con insistencia a San José, Patrono de la Iglesia universal por todas esas almas que se dejan engañar por la Iglesia Conciliar, que están en el error y que seguirán a este Francisco al infierno. Que San José nos ayude a conservar la fe en la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, Esposa Inmaculada del Verbo Encarnado, que nada tiene que ver con el modernismo.

Padre Héctor L. Romero

Rennes, Francia, 17 de marzo de 2013

 

Por P. Romero
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